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Replanteemos el sistema educativo colombiano

Hoy en día las “Tecnologías de la información y la comunicación” (TIC) han supuesto un cambio sustancial en todas las esferas que constituyen las sociedades, consolidando lo que sería la cuarta revolución industrial y la sociedad de la información, donde existe una complementariedad entre lo físico y lo digital, implicando una cohesión de disciplinas e industrias que antes era imposible imaginar.  Ello propicia un gran impacto en la educación, que se podría definir como el proceso de formar al ciudadano permitiéndole adquirir y desarrollar habilidades que le permitan desenvolverse en determinados contextos laborales y personales, influyendo también en la manera cómo ve un mundo cada vez más interconectado, que lo hace ver y sentir aparentemente más pequeño.

Teniendo en cuenta que nos encontramos inmersos en un cambio histórico-tecnológico sin precedentes, es posible afirmar que hoy y a futuro será necesario que todos los individuos adquieran competencias mediáticas, que son el conjunto de habilidades necesarias para interactuar con los medios y las herramientas digitales que estos ofrecen. No es simplemente saber medio usar las redes sociales de moda, hacer diapositivas o prender un video beam; se trata de entender el entramado digital e informacional en su totalidad, para sacar un mejor provecho, enfocado en la construcción y desarrollo de una mejor sociedad.

Es aquí donde, se supone, debería entrar en acción tanto el estado como la academia. Sin embargo, la manera de abordarlo deja entrever varias falencias, que se amplifican aún más durante el reto a la humanidad que representa el Covid-19, tales como:

  • La poca cobertura educativa en el país.
  • La ineficacia y carencia, en algunas zonas, de interconectividad.
  • La poca inversión en tecnologías para la educación.
  • La enorme brecha digital, asociada a la inequidad social, a lo largo y ancho del territorio nacional.
  • La ineficacia del modelo educativo centralizado cuasi-obsoleto, que no tienen en cuenta el contexto histórico, social, cultural, ni mucho menos las necesidades que atañen a las diferentes regiones del país.
  • Funcionarios, directivos y profesores reacios a los cambios que ostenta la sociedad de la información.
  • La escasa comprensión de la sociedad en general sobre los retos que supone la cuarta revolución industrial.

Con o sin el Covid-19, los puntos expuestos reflejan que a Colombia aún le falta mucho para adaptarse a la nueva era tecnológica-informacional, que en materia educativa plantea diversas formas de aprendizaje, en algunos casos no presenciales y complementarias, mucho más amenas e inmersivas para las nuevas generaciones que en ocasiones no se identifican con la metodología tradicional. Esto último impacta negativamente, de una u otra forma, en los altos índices de deserción que ostenta el país; flagelo en el que hay que ser conscientes, entran en juego otros factores como la pobreza, la violencia intrafamiliar, el desplazamiento, la exclusión social, el trabajo, incluido el infantil y las precarias garantías que ofrece el gobierno.

En el ámbito universitario, otro de los aspectos que juega un papel preponderante en el abandono de las aulas de clase es la falta de interés y pérdida de credibilidad en la educación formal. Muchos jóvenes que tienen la dicha de acceder a instituciones públicas -recordemos que la educación en nuestro país es casi un lujo- incluso aquellos que ni siquiera hacen el esfuerzo por continuar los estudios superiores, ponen en una balanza el tiempo, los gastos y el esfuerzo que representa cursar una carrera, técnica o profesional, con la falta de beneficios económicos que obtendrán al finiquitarla; por ejemplo, salarios que oscilan entre el mínimo hasta un millón quinientos mil pesos colombianos, si llegan a hacer parte de los pocos que tendrán la suerte de obtenerlos al finalizar su formación. De hecho, algunos consideran que la educación universitaria no les brindará las capacidades necesarias para desenvolverse en el mundo laboral (lo cual es muy cierto), pues cada vez son más los requisitos que buscan los empleadores, por lo que prefieren dedicar su tiempo a ciertos modelos que propone la economía colaborativa de prestación de servicios físicos a través de apps o a la informalidad para satisfacer sus necesidades momentáneas, y hasta las de mediano plazo. Por otro lado, tienen que sentarse casi obligados a escuchar la cátedra de un profesor que no innova en la manera de transmitir el conocimiento, y al que consideran un “analfabeta digital”, a razón de que ellos manejan mejor las precarias herramientas tecnológicas que están a su alcance o que les ofrece la institución. Entonces ¿Qué pueden esperar?

Es por ello, que se debe replantear y desmonopolizar el enfoque y las directrices educativas para poder crear un curriculum acorde a las necesidades del contexto regional y local, -no son los mismos estilos de vida, entorno, cultura y necesidades en Cundinamarca que en Bolívar, en Chocó o en el Amazonas-, y de Igual forma descentralizar los recursos para la educación. Esto en conjunto conllevaría a que cada departamento, tuviese autonomía en el direccionamiento de su propio modelo educativo y de los dineros manejados para este fin, incluyendo la inversión tecnológica, vigilados por una veeduría para evitar más casos de corrupción, delitos contra la Administración Pública y otros, que ya de por sí son bastante comunes.

Así mismo, las instituciones educativas, desde la básica hasta la superior, deben apoyarse y trabajar mancomunadamente en la creación de contenidos y herramientas digitales atractivas e interactivas, que vinculen no solo a los estudiantes, sino a la sociedad en general para una óptima difusión del conocimiento. De esta manera, las instituciones podrían convertirse en industrias creativas, sin descuidar su deber ser, enfocándose en el desarrollo local y regional evitando una problemática latente: la fuga de cerebros hacia otros países o a ciudades como Bogotá y Medellín (las más desarrolladas del país), lo que imposibilita un desarrollo óptimo y equitativo de todas las regiones colombianas.

Pero esto solo ha de lograrse cuando nuestros gobernantes, los directivos, los administrativos y los docentes, quienes son una guía en el proceso de aprendizaje y no una figura omnisapiente como creen muchos, de nuestras instituciones educativas, entiendan de forma precisa, cómo funciona el ecosistema digital, capacitándose y actualizándose desde la manera teórica hasta la técnica-operacional, definiendo y empleando su aplicabilidad en el contexto y las necesidades adyacentes de donde se desenvuelven cotidianamente, para de esta manera generar un impacto y desarrollo social positivo e inclusivo local y regional, y por añadidura nacional.

 

*Por: Oscar Prada Espinel

Comunicador Social

Magister en Comunicación y Educación Audiovisual

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